portada de Rembrandt

Marcel Proust

Rembrandt

Seguido de Chardin y Rembrandt

Colección: Centellas 165
Prólogo de Esperança Melgosa
Traducción de Jordi Quingles
Páginas: 142
Formato: 9,5 x 14 cm
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-9716-194-7
Año aparición: 2.020

Precio sin IVA: 10,58€
Precio con IVA: 11,00€

“…trato de demostrar como son los grandes pintores quienes nos inician al conocimiento y al amor del mundo exterior, como son ellos quienes nos abren los ojos’, en efecto, sobre el mundo”.

M. Proust

En estos textos Marcel Proust (18711922) se vale de dos artistas para ilustrar lo que para él son los fines del arte: enseñar a mirar lo que nos rodea con frescura y admiración, sabiendo hallar su belleza oculta incluso entre los sencillos objetos, y el poder del genio para crear con sus pinturas un cosmos cerrado y perfecto. Estas exigencias que Proust pide al arte, él las realizó magistralmente en su novela En busca del tiempo perdido, donde transmuta los episodios corrientes de la vida en acontecimientos casi míticos y retrata toda una sociedad de manera fiel, compacta y penetrante.

Proust escoge dos personalidades artísticas contrastadas que, cada una a su manera, son como el alquimista que sabe extraer el oro del plomo. Jean-Baptiste-Siméon Chardin (16991779), sobrio y sereno, amante de lo cotidiano, poseedor del don de desvelar la hermosura de las cosas, realiza esta revelación gracias a la calidad táctil de su pintura, que capta la riqueza material de los objetos, a la vez que la vivifica mediante toques de luz. Rem- brandt Harmenszoon van Rijn (16061669) se halla lejos de los gustos de Chardin: prendado de lo misterioso, lo opulento y lo exótico, sabe cómo convertir la más oscura y pobre estancia en algo sublime; su magia se basa en el dominio de la atmósfera y la luz, y con estas armas todo lo transforma. Rembrandt es también el maestro que conoce los sufrimientos y la complejidad del alma humana y que los representa conmovedoramente, sin retórica, pero también aquí es la antítesis de los plácidos personajes de Chardin. A pesar de las oposiciones, Proust reconoce en ambos al pintor cabal, aquel que con su arte ayuda a comprender la realidad de manera más profunda.

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